El baño más bonito del mundo
Cada mañana, mucho antes de que salga el sol, Varshitha camina por un sendero de tierra. A su lado, Chinni ilumina el camino con la linterna de su viejo móvil. Ambas recorren más de medio kilómetro hasta llegar al campo para hacer sus necesidades. Allí, entre susurros y risas, intentan olvidar que lo que hacen es peligroso.
Pero el miedo nunca desaparece del todo. Las serpientes, invisibles entre las sombras, han cobrado ya demasiadas vidas en su aldea. Y mientras Chinni encuentra en ese paseo una rutina compartida, para Varshitha es un ritual humillante y arriesgado.
Un día en su escuela una voluntaria de nuestro proyecto les mostró un vídeo sobre baños, agua limpia y salud. Aquellas imágenes quedaron grabadas en la mente de Varshitha “¿Será posible que yo tenga eso algún día?”, pensó con un nudo en el estómago.
Esa noche, mientras caminaban juntas, Varshitha le confesó a Chinni su deseo: un baño en casa. A Chinni no le gustó la idea: “¿Pero para qué necesitas un baño en casa?. Si tú no vienes, tendré que buscar a otra compañera!”.
Pero su abuela lo entendió. Varshitha vive sola con su abuela, Chinnappamma, desde hace 2 años, cuando su madre abandonó la familia y su padre se fue a otro pueblo en busca de trabajo. Chinnappamma comprendió que no era solo una cuestión de comodidad, sino de seguridad… de dignidad.
“El miedo es constante, diario. Hay serpientes venenosas en camino. Además, a medida que la niña crece, le resulta más difícil hacer sus necesidades durante el día sin ser vista”.
Decidió contactar con la voluntaria para averiguar si podía conseguir que le construyeran un baño. Le explicaron que la familia debía pagar la excavación de una fosa séptica y un pozo de absorción. Es la forma de asegurar el compromiso y la participación de las familias beneficiarias, que, además, debían asistir a una formación sobre el uso y mantenimiento de las letrinas.
Un día, Chinnappamma esperaba a Varshitha de la escuela para darle la gran noticia: su padre, había aceptado cubrir estos gastos. Varshitha saltó de alegría.
Durante meses, un albañil y algunos voluntarios trabajaron en el patio trasero. Un día, al volver de la escuela, Varshitha encontró allí su pequeño santuario: una letrina blanca, con luz y agua.
“Ya no tengo que salir al campo. Tengo mi propio baño. Para mí es el sitio más bonito del mundo. Porque ahí no tengo miedo. Me siento segura. Puedo ir al baño cuando quiera: al mediodía o en plena noche. Estoy más tranquila. Estamos felices”.
Como Varshitha, otras 96 familias se animaron a construir un baño en sus casas y la comunidad vio cómo mejoraban sus vidas: más tranquilidad y mayor autoestima; menos enfermedades y, por tanto, más ingresos familiares, también mejoras en los estudios.
100 familias más esperan su oportunidad de tener un baño en casa. ¿Les puedes ayudar?